Hace algunos días, acompañé a una persona mayor a su última
morada, era alguien que conocí relativamente hace poco tiempo, hará
unos 7 años y digo poco porque la verdad es que no conviví mucho
tiempo con el, solo en contadas ocasiones, sentí un poco de tristeza
porque no me despedí de el, a pesar de que vivía en la casa frente
a mi hogar, se fue un día al hospital y todos pensamos que
regresaría después de una o dos semanas, desgraciadamente no fue
así y un día domingo desperté con la noticia de que el señor
había cambiado de domicilio y se había mudado al barrio que hay
detrás de las estrellas – diría Sabina – el señor que llevaba
por nombre Rey, tal vez se fue pensando que no regresaría así que
trató de dejar todos sus asunto en regla, pagó su predial, algunos
meses adelantados de luz y agua, etc. cosillas así, lo que me hizo
recordar a mi abuelo José Carachure García más conocido por algunos
como “El corriente” no entraré en detalles de semejante
apelativo, pero se los dejo a su imaginación, nosotros lo
nombrábamos “che” como un diminutivo de José, bueno, “che”
dejó también éste mundo después de una larga enfermedad, la
verdad es que no recuerdo cuantos años fueron, pero durante un lapso
de varios años tuvo varias entradas y salidas del hospital, en casa
de los abuelos, antes de que “che” se enfermara, el mismo se
mandó hacer su propio estuche y el de su esposa (mi abuela, la
doña), el decía que las cajas que vendían en las funerarias era
puras chingaderas, así que se mandó hacer un estuche de madera de
parota, hasta eso que la dichosa caja estaba chula de bonita, y
permanecieron durante mucho tiempo guardados en casa de los abuelos
esperando durante mucho tiempo su destino final, así que cuando mi
abuelo enfermó e ingresó al hospital, según los doctores era muy
probable que el viejo saliera con los pies por delante, con esas
noticias el tío lupo mandó a mis primos Chava y Luis a bajar el
cajón para limpiarlo con aceite para madera 3 en 1 – el rojito –
y dejarlo tan brillante que San Pedro se encandilara cuando lo viera
entrar en el paraíso, pasados unos días pues resulta que no, el
viejito egresaba del hospital por su propio pie, vivito y coleando y
dispuesto a darle vuelo a la hilacha, y el cajón volvía a ser
guardado en su lugar, al final no recuerdo cuantas veces fue bajado
ese cajón, pero la misma cantidad de veces fue regresado a su lugar,
cada ocasión que fue bajado, fue amorosamente limpiado y encerado
por mis primos, con lágrimas y tristeza en los ojos porque siempre
que se realizaba dicha tarea, era porque los doctores ya no le daban
esperanzas de vida a mi abuelo, aún así el viejo duro muchos años
mas para alegría de nosotros, hasta que un día 6 de enero de 2004,
el cajón fue finalmente bajado para ser limpiado y encerado por
última vez y acompañar a su morada final a una de las personas mas
honradas y trabajadoras que he conocido… Recuerdo que una de las
preocupaciones de mi abuelo no era que nos íbamos a quedar tristes
por su inevitable ausencia, su preocupación radicaba en que en el
pueblo hace un calor de la chingada y hay mucho zancudo, y todo aquel
que nos acompañara en la velación iba a pasar penurias, nos decía
que cuando lo estuvieran velando y cuando lo llevaran al panteón que
no vistiéramos de negro, porque con el calor nos íbamos a asar, que
nos pusiéramos algo cómodo.
Abrazos hasta donde se encuentren mi abuelos José, Salomé y
Purificación