miércoles, 19 de febrero de 2020

El Rey y El Corriente

Hace algunos días, acompañé a una persona mayor a su última morada, era alguien que conocí relativamente hace poco tiempo, hará unos 7 años y digo poco porque la verdad es que no conviví mucho tiempo con el, solo en contadas ocasiones, sentí un poco de tristeza porque no me despedí de el, a pesar de que vivía en la casa frente a mi hogar, se fue un día al hospital y todos pensamos que regresaría después de una o dos semanas, desgraciadamente no fue así y un día domingo desperté con la noticia de que el señor había cambiado de domicilio y se había mudado al barrio que hay detrás de las estrellas – diría Sabina – el señor que llevaba por nombre Rey, tal vez se fue pensando que no regresaría así que trató de dejar todos sus asunto en regla, pagó su predial, algunos meses adelantados de luz y agua, etc. cosillas así, lo que me hizo recordar a mi abuelo José Carachure García más conocido por algunos como “El corriente” no entraré en detalles de semejante apelativo, pero se los dejo a su imaginación, nosotros lo nombrábamos “che” como un diminutivo de José, bueno, “che” dejó también éste mundo después de una larga enfermedad, la verdad es que no recuerdo cuantos años fueron, pero durante un lapso de varios años tuvo varias entradas y salidas del hospital, en casa de los abuelos, antes de que “che” se enfermara, el mismo se mandó hacer su propio estuche y el de su esposa (mi abuela, la doña), el decía que las cajas que vendían en las funerarias era puras chingaderas, así que se mandó hacer un estuche de madera de parota, hasta eso que la dichosa caja estaba chula de bonita, y permanecieron durante mucho tiempo guardados en casa de los abuelos esperando durante mucho tiempo su destino final, así que cuando mi abuelo enfermó e ingresó al hospital, según los doctores era muy probable que el viejo saliera con los pies por delante, con esas noticias el tío lupo mandó a mis primos Chava y Luis a bajar el cajón para limpiarlo con aceite para madera 3 en 1 – el rojito – y dejarlo tan brillante que San Pedro se encandilara cuando lo viera entrar en el paraíso, pasados unos días pues resulta que no, el viejito egresaba del hospital por su propio pie, vivito y coleando y dispuesto a darle vuelo a la hilacha, y el cajón volvía a ser guardado en su lugar, al final no recuerdo cuantas veces fue bajado ese cajón, pero la misma cantidad de veces fue regresado a su lugar, cada ocasión que fue bajado, fue amorosamente limpiado y encerado por mis primos, con lágrimas y tristeza en los ojos porque siempre que se realizaba dicha tarea, era porque los doctores ya no le daban esperanzas de vida a mi abuelo, aún así el viejo duro muchos años mas para alegría de nosotros, hasta que un día 6 de enero de 2004, el cajón fue finalmente bajado para ser limpiado y encerado por última vez y acompañar a su morada final a una de las personas mas honradas y trabajadoras que he conocido… Recuerdo que una de las preocupaciones de mi abuelo no era que nos íbamos a quedar tristes por su inevitable ausencia, su preocupación radicaba en que en el pueblo hace un calor de la chingada y hay mucho zancudo, y todo aquel que nos acompañara en la velación iba a pasar penurias, nos decía que cuando lo estuvieran velando y cuando lo llevaran al panteón que no vistiéramos de negro, porque con el calor nos íbamos a asar, que nos pusiéramos algo cómodo.
Abrazos hasta donde se encuentren mi abuelos José, Salomé y Purificación